La cultura con minúscula



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Si la envidia fuera tiña, cuántos españoles tiñosos habría

Españoles: abiertos, tolerantes, altruistas, amantes del ocio y del deporte… Sí, suena muy bonito, si no fuera porque también somos envidiosos. Estoy hablando de ese sentimiento humano y visceral que consiste en desear lo que el otro tiene y que sólo se calma con el mal ajeno.

No he salido a la calle con un envidiómetro para medir cuánto tiene esto de verdad. Te hablo del sentir popular. Haz la prueba. Pregunta a unos cuantos compatriotas míos cuál es nuestro pecado capital. “¡La envidia. La envidia cochina!”, te dirán.

Si vienes a España en la más tierna infancia, como en cualquier otro lugar, sabes que nuestros niños van a desear tu chupete y tus juguetes. ¡Pero ay, como estés algo más crecido y además seas un estudiante brillante! Habrás dejado en evidencia la mediocridad de la clase, despertando la envidia de tus compañeros. En vez de respeto y admiración, provocarás rechazo y críticas. Te llamarán bicho raro y friki, no tendrás amigos y te pasearás sólo en el patio durante el recreo.

Tal vez sea mejor esperar a venir aquí cuando seas adulto. En ese caso, deseo que no te vaya bien en los negocios, que no tengas mucho dinero o que no hayas tenido un fulgurante ascenso en la empresa. Nos preguntaremos cómo lo has conseguido y sólo nos aliviará imaginar que lo tuyo no tiene mérito, que simplemente eres hijo de papá, que no paras de lamer el culo al jefe, o que has dado un braguetazo. Y si eres una mujer, todos tus éxitos se los atribuiremos a tus encantos y a los favores que habrás hecho.

Peor todavía si te has sacado las oposiciones. En la conciencia colectiva los funcionarios son unos vagos que cobran mucho sin dar un palo al agua, por lo que son la clase social más odiada. Tengo una amiga funcionaria que cuando le preguntan por su trabajo dice que está de cajera en un Día. Por algo será.

Esto son ejemplos de envidia española pasiva: sentirnos mal por la prosperidad ajena y despotricar. Pero también está la envidia activa: no sólo sentir envidia, sino tratar de generarla en los demás, aparentando lo que no somos o lo que no tenemos con tal de alimentar este vil sentimiento en el prójimo. Por ejemplo, encerrarse dos semanas en casa si fulanito de tal cree que estamos de vacaciones en Tailandia y eso le fastidia.

El grandísimo Miguel de Unamuno, se quejaba de que “la envidia es la íntima gangrena del alma española”. ¡Quién soy yo para llevarle la contraria!

Autor/a Juan Jesús Pascual Redondo